Cuando empezamos a rezar, vi interiormente a María cubriéndose el rostro con las manos como Nuestra Señora de La Salette (hoy es su fiesta). No hablaba. Luego levantó la cabeza y vi su rostro. Llevaba una gran corona con muchas espinas. Me miró y siguió sin hablar. Continué rezando el rosario sin dejar de mirarla.
—Ella dijo: “Con tal de que sufras conmigo. (Cf. Rom. 8,17) Yo sufrí unida a Mi Hijo”.
—Entonces empezó a enseñarme. Comprendí que cada espina de Jesús es un inmenso regalo. Interiormente, vi un tractor que araba la tierra. Vi los discos del arado entrar profundo en la tierra. María me explicó que la tierra necesita ser arada, traspasada, para que la semilla produzca fruto en abundancia. Nuestros corazones están muy endurecidos por el pecado. Ni la semilla de la Palabra de Dios ni el don de la gracia se pueden arraigar en esa dureza. Cada espina sirve para entrar en nuestro corazón, ararlo, abrirlo y ablandarlo para que la semilla pueda ser recibida y dar mucho fruto. Al principio, estos traspasos duelen, pero luego producen vida.
Nuestros corazones están llamados a parecerse al Corazón de María, lleno de espinas para que nuestra vida prodigue abundancia de rosas.